"Seamos realistas, exijamos lo imposible"

martes, 31 de julio de 2012

Capítulo 1 - TÓMBOLA


Tómbola
El juego de la vida

Capítulo 1
Camila Ucotich.

Otra vez era el mismo día. Cada 365 días llegaba, el peor. Día en el que todos te prestan atención falsamente. El día en que, dieciocho años atrás nacía para arruinar la vida de mis padres. Dos semanas después de lo que había sido mi nacimiento me asignaron el nombre de Camila. Ya desde el principio tardaban conmigo, no se decidían si tenía más cara de Paulina o de Camila, al final eligieron el segundo (por suerte). En el colegio me llamaban por mi apellido, la poca gente que me conocía me apodaba “Cami” (que gran obviedad), pero yo sabía muy bien quien me lo decía por decir y quien sentía ese sobrenombre verdaderamente, quien lo decía por cariño. Paranoica desde chica. Vivía con mis papás y hermanos, Ornella y José; ambos más grandes, más perfectos, más inteligentes, más lindos, más especiales, más normales, más hijos.
Mi cumpleaños número dieciocho, y la idea no me entusiasmaba nada. Suele pasar siempre, cuando uno es adolescente quiere ser adulto y cuando uno deja de estar respaldado por los estudios, haciendo que por ello te mantengan, quiere volver atrás. Porque cuando tenes dieciséis años “tu única obligación es estudiar”, pero cuando pasas los dieciocho se viene el verdadero calvario. Que si no estas en la facultad tenes que trabajar, y si haces las dos cosas vales más. Y ahí estaba el gran dilema: yo no trabajaba y tampoco estudiaba.
Pero el tema es que cumplía años y nada me apetecía menos. Igual sé que lo de las fiestas no me gustaba desde antes de que ella se fuera, no soy muy festiva. Más bien soy altamente no recomendable para pasar un buen momento. Mi abuela falleció cuando yo cumplía los catorce. Ella era la única que me hacía realmente bien. Cuando todavía vivía era como mi mamá, me cuidaba y me protegía como nadie, un vínculo inolvidable no solo para mí, sino para todos los que nos conocían. Ella era mucho que perder. Me la pasaba en su casa, con mi mejor amiga compartíamos fines de semanas enteros con ella. Me escuchaba cantar y me decía que algún día iba a ser una gran estrella, hasta me hizo prometerle que no iba a abandonar el sueño de ser una artista, que cuando uno tiene pasión por algo no importa si sabe restar o sumar. Me tenía mucha fe, demasiada y hasta no era objetiva, pero me hacia tanto bien.
Una vez me dijo “no importa nada de lo que pase a tu alrededor, para mí siempre vas a ser la mejor”. Lamentablemente me dejó y mis sueños se fueron con ella ya que a mi alrededor era la única gota de esperanza.

- Cami, tengo una duda existencial. ¿Vos pensas ponerte esto hoy? – aquella voz tenía dueña. A Sofía le encantaba exagerar las cosas. Como ella era una gran persona todo debía de estar a su altura, ella no tenía problemitas, todo era un tema enorme que siempre estaba a punto de generar la tercera guerra mundial. La mire sin rastro alguno de interés y asentí con mi cabeza, las pocas palabras eran lo mío. Las pocas palabras y la ropa aburrida. - ¿No pensas pasarla bien aunque sea una sola vez en tu vida? – me retó algo molesta porque ella sí que sabía pasarla bien. Era tan fantástico ver como dos antónimos convivían juntas. - No te entiendo. - y me miro confundida con una media sonrisa – Nunca puedo descifrarte totalmente, cada año te vas poniendo más rara, no sé qué me espera cuando cumplas los treinta. – bromeó al final.
- Quién sabe si llego a los treinta, me puedo morir antes o tener tanta depresión que de repente, un día cualquiera, me encuentren muerta luego de un suicidio trágico y bastante dramático. – Ok. Ella no era la única que exageraba las cosas.
- Digno de una peli o de un libro ¿no? – se sentó en la cama cruzando las piernas, como si fuera a hacer yoga. - “La triste vida de Camila Ucotich. Escrita por su mejor y única amiga: Sofía Bienneres”. Estoy segura de que voy a invertir plata y la voy a perder, pero si vos queres quedar impresa por el resto de la existencia yo lo tomo como petición de regalo de cumpleaños – y después de hablar sin parar sonrió con esa sonrisa que le salía muy bien. Cuando quería era bastante encantadora.

Sofía Bienneres, tierna y divertida, antipática por naturaleza. Mi mejor amiga desde el jardín de infantes, teníamos una vida juntas, la rubia y la morocha, the perfect couple como decía su papá a quien yo quiero más que al mío. Su familia siempre reemplazó a la mía, normalmente eso suele pasar, no digo que sea única; pero si lo era en mi caso. Llegando al extremo de pasar festividades como navidad o pascuas con ellos. Vacaciones enteras.
Ella vivía sola desde hacia seis meses, al cumplir sus diecinueve, Roberto (su papá) le había regalado el departamento en el que yo estaba en ese momento. Ella no era la independencia en  persona, pero se las arreglaba bastante bien y además yo pasaba más tiempo con ella que en mi propia casa. Para ser sinceros: vivíamos juntas. Visitaba mi casa algunas horas los fines de semana, cuando llevaba y traía alguna que otra cosa. A nadie le importaba, no miento al decirlo, pero sinceramente yo no existía en mi casa. Siempre fue así.
Teníamos destino, siendo mi cumpleaños, la hora que sea, siempre tenía que visitar el cementerio. Hasta llegué a imaginar que si no lo hacía mi abuela, desde el cielo, iba a dejar de apoyarme. Después crecí, o me hicieron crecer, y simplemente lo tome como una rutina de cada año. No estoy tan de acuerdo con eso de llevar flores a los muertos, porque no las pueden oler y ni siquiera ver. Pero reconozco que a uno lo hace sentir mejor persona. Una tontería que ayuda. Quién sabe.
Bajamos al estacionamiento del edificio, los guardias me saludaron cariñosos y recibí los primeros regalos. Dentro de una bolsa muy decorada había dos libros, ellos sabían lo que me gustaba porque siempre me veían con alguno encima. No tome valor para creer que aquello era una señal, ambos libros eran de autoayuda. Ya la mañana venía agridulce, y con eso se fue a lo más amargo. No hace falta ser mala persona ni tener malas intenciones para lastimar a uno.
Pero mi vida no pasaba de la normalidad, aunque soy partidaria de que las grandes historias no necesitan drama ni intentos de suicidios o embarazos que impiden cosas, así como en la tele. Esas cosas son de novela. Pero Sofía tenía una vida más que interesante. Mi mejor amiga era una de esas personas que no podían estar solas, de esas que son dependientes al límite. Siempre dependió de todo, de su mamá, de su papá, de mí, de su psicólogo. Por ella misma, nada. En un momento de la adolescencia llegué a pensar que yo también dependía de ella, que si no estaba cerca de mí yo no era nadie. Y no me equivocaba tanto.
Faltaba un poco para llegar, pero yo ya estaba impaciente; además Sofía estaba haciendo mucho mérito para no dejarse llevar por la velocidad. Había chocado su querido auto unas semanas atrás y su papá la amenazó con quitárselo si seguía manejando de la forma en que lo hacía. Pero a mí no me importaba, quería llegar. Tenía la necesidad de sentir aquella paz que me daba tan solo mi abuela. Necesitaba sentarme en frente de su tumba y rezar, repetirle que iba a estarle eternamente agradecida por cada uno de sus cuidados, por ser lo más importante. Cada vez sentía que no me alcanzaría la vida para demostrarle lo bien que me hacía. Tenia ganas de volverla a ver, tenerla cerca y poder reírme de sus anécdotas sobre ella y el abuelo. Pero hacia cinco años que no la veía, a no ser por las millones de fotos que teníamos juntas.
Llegamos y Sofía se ofreció a comprar las flores. Sabía que lo hacía a propósito, quería darme espacio para estar sola, para decir todas esas cursilerías que a uno se le pasan por la cabeza cuando extraña a un ser querido. La dejé en la entrada y caminé entre recuerdos, esperando encontrar alguno que deje en mis labios una sonrisa, algo por lo cual intentar ser feliz.
Hablo mucho de Sofía, de los recuerdos de mi abuela, de mi familia frustrada pero de mí nada, y en realidad es porque mucho no hay. Más que adolescencia tardía y una depresión de siempre, angustia por naturaleza. Miss depresión me apodaba Sofi y yo le decía que era Miss preocupación porque vivía siempre pendiente de mi (no) felicidad.
Recordé las vacaciones en Mar del Plata, donde muy cordialmente Sofi invito a mi abuela. Éramos nosotras dos y ella, chocha de la vida estaba con las olas y el viento (sucundún, sucundún). Mis vacaciones favoritas que así, sin pensarlo, dejaron marcada en mí una sonrisa. Pero, como de costumbre, las sonrisas no se quedan mucho tiempo conmigo.

- ¿Perdón? – objeté al ver las flores pasadas (porque era una visitante habitual) tiradas en el suelo - ¿Se puede saber quien sos y que haces sacando mis flores? – y mi tono se salió de lo normal, ya estaba alterada. No me costaba mucho. Al parecer la persona que estaba atacando mis flores no me oía o no quería hacerlo - ¿Sos sordo?
- Bajemos un cambio – me paro gesticulando con las manos. Se dio media vuelta y me miro de arriba a abajo - ¿Tanto griterío para qué?
- No tengo que darte ninguna explicación; en todo caso vos me las debes. A ver, decime, ¿que haces en mi tumba? – y su cara fue para una foto. De repente, después de escucharme, se echó a reír sin ninguna consideración. Me irritó de sobremanera.
- ¿Tu tumba? – rió un poco más - Vos estas un poquita quemada del bocho. ¿Cómo vas a tener una tumba ya reservada? Es decir, ¿eso se puede? – deje ir el aire, me estaba tomando el pelo y yo estaba cayendo – Seguro reduce costos pero… Sos visionaria o loca, una de dos – levantó las flores y las arrojó en un cesto de basura cercano.
- ¿Qué? – pregunte nerviosa sin entender nada.
- Que te tranquilices un poco, estamos en un lugar de paz. – y en su forma de hablar noté cierta “tregua”. Suspire una vez más y llevé mi pelo hacía atrás.
- Estoy un poco nerviosa – le expliqué acercándome – No es un buen día y no me pone de buen humor encontrarme con alguien que esta perpetrando la tumba de mi abuela.
- Ah – dijo algo culpable, claramente no se esperaba mi “tregua”, aunque si estábamos en un cementerio era lo más probable – Perdóname. – no le salió más que eso.
- No, no te perdono. – poco me duró la calma – Nadie me perdona a mí por nada y yo tengo que perdonar a todo idiota que se me pase por el frente. No es justo, nunca fue justo. – murmuré centrada en mí misma.
- ¿Estas bien? – me preguntó inocentemente y toda la rabia que podía caber en una mirada la metí en la que le dirigí. Lo miré con odio por unos cortos segundos ya que la vista se me empañó en un abrir y cerrar de ojos. Tenía el llanto demasiado fácil. Y di un paso atrás, evitando las lágrimas pero no pude retenerlas. El morocho cortó distancia y con su mano limpió mi mejilla. Sentí escalofríos al contacto.
- Perdóname, yo no soy así – mis palabras salieron una atrás de la otra, era imposible entenderme pero él pareció hacerlo.
- Suele pasar, eso de quebrarse en lugares públicos. A mí nunca me pasó, pero suele pasar. Te lo juro. – y sin previo aviso solté algo parecido a una risa.
- Gracias. – volví a reír.
- ¿Te dijeron lo hermosa que sos cuando te reís? – el primer halago en mi cumpleaños
- ¿Qué es esto? ¿Una especie de “ayudemos a la estúpida que llora en el cementerio”? – se rió. Tenía una sonrisa hermosa – ¿Algo así como decirme cosas lindas y adularme? – Negó con la cabeza – Entonces, gracias.
- Capas que la pregunta es un poco fuera de lugar pero… ¿estás embrazada o algo así? – lo miré con los ojos abiertos de par en par – No lo digo porque estés gorda – se atajó – Es más, estas buenísima pero lo digo por… por los nervios y esas cosas… Las hormonas. – habló rápido, pero entendí el segundo halago.
- No. Es mi cumpleaños y por eso la histeria – le conté con una media sonrisa – No me llevo muy bien con los años.
- Somos dos – me devolvió la sonrisa – Perdóname por lo de las flores, recién ayer me incorporé al personal del cementerio y bueno, me toca limpiar lo marchito – me explicó señalando las demás flores viejas.
- No te hagas drama, fui yo la… exaltada – intente ponerme un mote.
- La loquita, mejor dicho – me apodó riendo – La verdad que no te puedo decir que fue un gusto conocerte pero… sos un lindo malentendido – asentí – Te dejo, porque tengo que terminar con las otras tumbas.
- Sí, anda tranquilo – le di paso algo nerviosa. No sabía porque me alteraba tan fácilmente. Se fue caminando y yo me dispuse a rezar pero me interrumpió a los pocos segundos.
- Feliz cumpleaños, loquita – y aquello fue casi un grito. Temí por su trabajo, claramente los cementerios no eran lugar para gritos – Y ojala nos volvamos a ver.

Y antes de que pudiera despedirme yo también, se fue de mi vista. Realmente, una conversación con las patas para arriba. Llegar al lugar de las tumbas y ser partícipe de una de las conversaciones más peculiares que podía haber tenido.
Sofía llegó unos minutos después, mantuvimos el silencio por un rato y lentamente volvimos al auto. No me preguntó nada, también estaba sumergida en sus pensamientos nada más que con cara de poker, ni enojada ni a gusto. En cambio yo tenía una leve sonrisa al recordar. De pronto, en ese mismo momento, pensé que el día no era tan mierda como lo estaba creyendo.

--------------------------
Sofía Bienneres.

Cumpleaños número dieciocho de mi mejor (única) amiga. Cami. Cami… Hasta el día de hoy sigo sin entender algunas de sus decisiones, pero ella nunca cuestionó las mías. Es por eso que la amo como la amo, porque es lo que necesito. Me completa. Y eso de amar, sí, la amo. El amor es tan grande, un sentimiento tan lindo, que se puede sentir por todo. Por una amiga, por un padre, por un perro, por un hombre, por lo que sea. Soy un poco extremista, te amo o te odio. Y casi siempre odio.
Camila era uno de mis pilares más importantes, me respetaba como nadie y no le tenía miedo a mis locuras, y eso de locuras es literal. Mi otro pilar es Roberto, mi papá. Aprendí a quererlo a la fuerza, o sea, no tan así, pero con mi mamá ausente era él el único a quien yo acudía. Somos iguales, salí a él en todo (o al menos eso es de lo que me convenzo, detesto la idea de parecerme a mi mamá). Imagínense mi infancia y adolescencia: hija única y papá con guita. Un sueño. Y un infierno también. ¿Sabían que un palacio, lleno de lujos y cosas bonitas puede ser el infierno más penoso? Así fue.
Mi mamá nunca fue mi mamá. Más claro: nunca le importo. Siempre sentí que no le importaba nada. Fui el ancla de la relación. Porque mis papás eran de pelear mucho y en el momento justo, antes de que se termine todo, Laura (así se llama mi mamá) quedó embarazada, y de ahí salí yo y también el casamiento. Un hermoso ancla. Pero no duró mucho, eran pura peleas y malos entendidos. Papá quería solucionarlo todo, la quería; ella en cambio no veía la hora de divorciarse y quedarse con la mitad de todo y si la tutela quedaba a cargo de Roberto, mejor. Y no invento, lo sé.
Cuando tenía trece años por fin se decidieron y se separaron. Fue por adulterio, porque a mamá le encantaba el portero del barrio privado y al portero le encantaba pasearse por casa cuando papá estaba en la inmobiliaria. Laura compró boletos con destino a España, metió su ropa de marca en las valijas, vendió su parte de la empresa a mi papá, agarró a su chongo y se fue. Sin mí. No le importo. La entiendo ¿Quién quiere hacerse cargo de una nena enferma? Porque para ese entonces estaba enferma.
Después de unos años comprendí que ese era mi destino y me acostumbre a mi (no) vida. Llegué a ser muy amiga de mi papá, sé que soy su tesoro más grande. Y tuvo otros tesoros. Infinitas novias, de distinto tipo, edades, religiones, nacionalidades, etcétera. Ninguna me cayó bien, no lo merecían y muchas buscaban beneficios porque él era Roberto Bienneres, dueño de una de las inmobiliarias más importantes. Tenía barrios privados por todo Buenos Aires. Nadie se acerca a otro sin tener ánimos de algo. Eso lo sabemos todos, no seamos tontos.

Para el cumpleaños de Cami tenía planeada una fiesta de disfraces. Había invitado a mucha gente del colegio, de esas personas que tenes en Facebook para demostrarle lo feliz que sos y que la pasas súper bien sin ellos. De esos que de vez en cuando ponen un “me gusta” en tu foto de perfil y que cuando haces un evento ponen “asistiré”. Bueno, de esa clase de gente se iba a llenar mi departamento. A Cami la idea mucho no le gustaba, pero cumplía dieciocho, había que vivir la vida.
Estaba guardando las cosas “importantes” en cajas, como portarretratos y chiches que sabía que si los dejaba por ahí al día siguiente iban a aparecer rotos, entonces me decidí a guardarlos por una noche. Estaba en eso cuando mi celular sonó y la pantallita mostraba una foto con mi papá. Foto de contacto.

- Hola, Pa. – saludé mientras me recostaba en el sillón. Miré el reloj en la pared, Cami tenía ya una hora de demora, habíamos comprado los disfraces para luego separarnos y ella poder cenar con sus papás para después estar libre para la fiesta - ¿Qué pasó? – le pregunté, si llamaba era por algo.
- Hola, Sofi – lo escuché raro. Siempre tenía otro tono de voz. No parecía ni feliz, ni enojado. Se lo oía preocupado – Quiero ir directo al grano, sabemos como somos.
- Explícate porque no te entiendo.
- Este domingo quiero que conozcas a Mónica – mientras lo escuchaba arrugaba la nariz, no entendía de quién hablaba – Tengo planes de casamiento.
- ¿Qué? – me exalté - ¿Te vas a casar? Espera, ¿va enserio? – me senté nerviosa – No… No sé que decirte.
- ¿Felicitaciones?
- No me jodas, papá. – lo reté – No sé a qué viene que me cuentes esto, ya estas grandecito y yo también. No pretenderás que le diga mamá a Marcela.
- Mónica – me corrigió.
- Es lo mismo – suspiré cansada – Pero… Felicitaciones, si te hace feliz. Igual sabe que yo te prefiero soltero – bromeé, aunque todo chiste esconde una verdad.
- Tiene un hijo. – todavía no había terminado con las noticias.
- ¿Un nene? ¡Dios, papá! Para peor voy a tener que hacer de niñera de pendejos. Y no me digas que no porque ya pasó con la turrita de Ayelen y la otra, que no me acuerdo como se llamaba. ¿Es difícil conseguirte una señora decente? ¿O es mucho pedir eso?
- Le dije que vaya a la fiesta de Cami. Así se conocen. Se llama Pablo. – de repente me dieron ganas de golpear a alguien. A quien sea. - ¿Es de disfraces no?
- ¿Sabes qué, papá? Sí, es de disfraces. Vení vos también con tu noviecita y el pendejo. Disfrácense de la familia invisible y desaparezcan de la faz de la tierra – grité y corté. Me ponía histérica.

Yo era bastante insoportable con los infantes, me sacaban de mis casillas con sus jueguitos “inocentes”. El nacimiento de ese sentimiento se debía a que nunca fui una buena nena. En realidad sí, hasta que cometí errores que me marcaron de por vida. Eso no tiene importancia, o al menos no para mí. No vivía con ganas de vivir afligida por los pasados oscuros. De esos que se lucha por olvidar.
Una anécdota bastante graciosa que tuve con uno de los hijos de las parejas de mi papá fue un sábado a la noche cuando tenía unos dieciséis años. Me encargaron cuidarlo mientras mi papá y su noviecita salían por ahí. Tuve la idea de invitar a Alex, para que me ayudara o mejor dicho: para que no me aburriera al máximo. Lucio (el nene de unos cinco, seis años) se acostó a dormir temprano, y nosotros no desaprovechamos aquello. Pocos minutos más tarde estábamos completamente desnudos y en pleno juego previo; cuando sin ningún aviso Lucio apareció junto a la cama observándolo todo. Mi papá nunca se entero, pero a los pocos meses se separo de su novia, porque ésta estaba demasiado ocupada llevando a su hijo al psicólogo por problemas que estaban tratando de descubrir. Me sentí culpable, un par de días; pero aprendí dos cosas: la primera: a no sociabilizar con infantes, y la segunda: a saber que Alex no era un muy buen invitado un sábado por la noche.
Alex es… podríamos llamarlo Novio, o es a lo que más se acerca. Lo conocí cuando tenía quince años, a él le faltaban pocas semanas para cumplir sus dieciocho. Nos cruzamos en una fiesta de colegio, de esas que hacen los de último curso para recaudar plata, temas de viaje de egresados. Yo era del colegio y él un conocido, de un amigo, de una prima de un chico de sexto. Bailamos un par de canciones, nos besamos un rato en un rincón e intercambiamos números cuando finalizó la fiesta. Nos comunicamos cuando me llamo para invitarme a su cumpleaños; después de eso seguimos compartiendo boliches, fiestas y demás. Alexander, pasados unos meses, comenzó a llevarme a cenar los dos solos, salíamos sin nuestro grupo de boliche, o simplemente me quedaba en su casa. El primer año estuvimos así, cuando cumplí los dieciséis me pidió ser novios y acepté. Desde ese entonces mantengo la relación más estrepitosa que uno se puede imaginar. De esos novios con los que pasas más tiempo peleando que haciendo cosas realmente productivas. O no. Alex y yo hacíamos lo productivo todo el tiempo, si es que se llega a entender.
El sexo es una de las pocas experiencias que uno sabe como es, lo hace, lo practica, lo sigue haciendo y le sigue gustando. Es siempre la misma cosa, se puede ir cambiando de persona pero el tema es siempre el mismo; aún así uno no se cansa nunca. Más bien: soy yo la que nunca me canso. Pero eso es entrar en temas más profundas y si es profundo así debe estar. Las cosas que se esconden en el fondo del mar se esconden por algo.

--------------------------
Camila Ucotich.

“Se nos paso avisarte. Sé que tal vez te sientas mal pero…” “¿Tal vez me sienta mal? ¿Esta mal si me siento mal?” “No compliques las cosas, Camila. Además vos estas muy a gusto lejos de nosotros, ¿justo que salimos un poco con tu papá se te ocurre ir a casa a cenar?” “Justo es mi cumpleaños, mamá… Pero esta bien, deja, no importa.” Y más de eso entre nosotras no había. Siempre sentí envidia por aquellas hijas que tienen como mejor amiga a su madre. Debe de ser lindo tener un vínculo irrompible, porque sí, la familia es la familia y siempre lo va a ser pero ¿Qué daño así si se le puede sumar la confianza de una amistad?
Cada vez que me ponía a plantear cosas por el estilo traía a mi cabeza la situación de Sofi con la madre, peor que aquella no había. Sofía la odiaba, literalmente. El solo hecho de que alguien le dijera “te pareces a tu mamá” la irritaba de tal forma que era capaz de hacerte tragar tu propia lengua por pronunciar eso. Su vínculo se había terminado hacía ya tiempo, pero el mío con mi mamá nunca existió. ¿Qué es más triste: deprimirse por algo que se desgastó, que termino o deprimirse por algo que ni siquiera existió? Un gran debate que siempre termina en lo mismo: la depresión.
Nunca me traté ante un especialista, Sofía lo hacía desde su infancia, pero nunca lo creí necesario para mí. Eso de estar una hora contándole tus cosas a gente que no le interesa, que solo te “escucha” para poder justificar sus años de estudio, no es lo mío. No me gustan cuando los sentimientos se vuelven algo comercial. Lo detesto. Pero yo supe, desde el primer día, que tenía algo raro. Que lo mío no era normal. No voy a poder expresarlo en términos médicos ni nada de eso, porque como dije: nunca me traté; pero me describo como vulnerable a los bajones. Cualquier cosa me hace mal, me acumulo y explotó. Y explotando soy la mejor.
Pero ese día no tenía que explotar, Sofía había preparado la fiesta con semanas de anticipación y no le podía fallar. Mis papás se habían tomado vacaciones y por casualidad partieron el mismo día de mi cumpleaños. Los odié como los odiaba siempre, los aborrecí de la misma forma que lo había echo en mi cumpleaños número quince. Les pedí por favor una fiesta, la más sencilla de todas, con algunas luces en el patio trasero de casa y comida echa por cualquier tía. Quería una fiesta, quería más que nada invitaciones, porque a los quince años me había cansado de ser antisocial, de ser el dúo con Sofía que por esa época se volvió totalmente loca por Alex (su novio). Sofía estaba más insoportable que nunca, había “renacido”. Le decía así porque de un día para el otro, cuando teníamos doce, se había vuelto reservada; no quería jugar con nadie, no quería ir al colegio, no quería comer y fue en ese momento cuando empezó a ir al psicólogo. Después de años de terapia había conocido a Alex y ahí volvió la Sofía de siempre. Pero me desvié.
Resulta que les rogué a mis papás por esa fiesta y ellos, mientras cenábamos me preguntaron muy serios “¿Crees que te lo mereces?”. No voy a decir que no lo pensé, pero supongo que fue más por la sorpresa ante tal pregunta que por la respuesta en sí. Fui tan idiota de bajar la cabeza y no hablar más del tema. No tuve fiesta, ni amigos, ni vida social. Seguí siendo la misma tontita que dejaba de tener catorce, para tener quince. Nada más. Esa vez los odié con tantas fuerzas que terminé viviendo con mi abuela por tres meses. Después se me pasó, volví y todo siguió igual.
El día no me lo iba a arruinar nadie así que tomé un taxi en la esquina de mi casa y me dirigí a lo de Sofía. Estuve una hora sentada en la vereda porque sabía que si llegaba y me veía la cara iba a preguntar “¿Qué paso, Cami?” y yo iba a llorar como una condenada; y como no quería hacerlo preferí esperar. Cuando sentí que ya no tenía tanto odio dentro me decidí a subir. Toqué timbre y a los pocos segundos me abrió. Parecía esperarme.

- ¿Qué paso, Cami? – me preguntó y rompí en llanto en el portal de la puerta. Ni siquiera tuve la dignidad de pasar. - ¡Ey, tranquila! Veni, pasa.
- No entiendo por qué me siguen haciendo lo mismo – lloriqueé mientras ella me servía un vaso de agua – No es justo que me traten como si no fuera nada. Estoy harta de no ser nada en la vida de nadie.
- Sos alguien en la mía. – me miró con una sonrisa al tiempo que me corría el pelo de la cara. Me ahogaba por el llanto y el agua. – No pienses en tus problemas, Cami. Déjalos pasar.
- No creo que sea la solución. – murmuré encogiéndome de hombros. – A vos no te lleva a nada dejar pasar tus problemas – fui sincera, quizás demasiado.
- Voy a dejar pasar eso también. – le sonreí. Era fatal. – Pero dale, Cami. Media pila, ¡ponele onda al día! – me animó.
- Yo le pongo onda pero el mundo esta en contra.
- ¡Que raro el mundo contra vos! – Ironizó – No me extraña para nada. – volvió a sonreírme como lo hacía siempre. Cada vez que sonreía me daba cuenta porqué era mi mejor amiga.

Entre eso se paso la tarde, entre que ella se quejaba de su papá y la nueva novia, y entre que yo me quejaba de mis despreocupados padres. Por supuesto que Sofía tenía un plus, ¿cuándo no? La novia de su papá venía con sorpresa: un crío. Varias malas experiencias habíamos tenido con sus hermanastritos. Juntas no hacíamos ni una niñera, ella muy descuidada y yo demasiado colgada. No era nuestra obligación cuidarlo, pero cuando nos tocaba lo hacíamos pésimo.
Entrada ya la noche terminamos de ordenar el departamento para la fiesta. Nos metimos dentro del disfraz y esperamos con ansias (por parte de Sofía) la llegada de los invitados. Imaginen la escena: yo con mi mejor cara de pocos amigos, metida dentro de un vestido verde, intentando ser Campanita; en una fiesta donde claramente no encajaba. Frustrantemente estresada. Camila Ucotich al natural.
Aprendí que pasar inadvertido es peor que hacerse notar por algo malo. En el segundo caso la gente te conoce por algo, algo que tal vez no te deja como la mejor persona del mundo, pero algo es algo. “Que hablen, bien o mal, pero que hablen”. Pero vivir sin pena ni gloria es como haber estado muerto en vida; y en ese preciso instante, en la “fiesta” de “mi” cumpleaños, estaba pasando inadvertida.
No es todo culpa del destino, ni de Dios que me odia. Yo, en partes, una gran parte, soy la culpable de mi anti sociabilidad. Nunca tuve amigos, no fui de esas que tienen el contador de amigos en facebook a tope. Nunca me elegían como delegada, o como mejor compañera. No tenía un grupo fijo en deportes, siempre que faltaba una me metían de prepo. Pasaba desapercibida en absolutamente todo. Pueden decir que exagero, que eso es sólo el colegio, ¿pero para qué adolescente el colegio no es la vida misma?
El resultado de hacerme la exquisita a la hora de sociabilizar se veía en esa fiesta de cumpleaños. Ni siquiera sabían mi nombre, se acordaban del apellido de secundario y punto. Igual eso no me deprimía para nada. Lo que me ponía loca era otra cosa. Escuchaba que algunos se decidía por la UBA o por equis facultad privada. Que una trabaja en un shopping y que otra ya tenía su propio negocio. ¿Y yo? ¿Yo qué tenía para contar? ¿Contar que solo tenía dieciocho años, sin facultad, sin trabajo, sin novio? ¡Un premio por favor a la chica de la vida más deprimente! Ni siquiera un hijo precoz, del cual estar orgullosa. Nada. Pero así iba la noche, entre malos conocidos y malos por conocer, porque si había algo en que los invitados no habían escatimado es en traer colados.
Estaba perdida entre la música alta, los disfraces de todos colores, la bebida, la muchedumbre. También había perdido de vista a Sofía, de seguro había llegado Alex y bueno, ella y él se entienden entre sí. Sola. Así me sentía entre toda esa gente bailando a la par de Tan Biónica. No solo me sentía sola, sino que lo estaba realmente. Literal.

- ¡Ey! – achiné los ojos para poder escucharlo, algo realmente estúpido porque mis ojos no tienen nada que ver con mi oídos, pero sé que los achiné.
- ¿Qué? – pregunté en un tono alto al voltearme y ahí estaba frente a mí. Peter pan en persona.
- ¡Feliz cumpleaños, loquita!

No podía creerlo, frente a mis ojos tenía a la encarnación de un ángel, la creación más divina del Señor. Ese chico era históricamente perfecto, de esos de los que nunca te olvidas. Ya sea por cómo te miran o por cómo hablan o simplemente por cómo son. Y él era perfectamente perfecto. Era todo lo que necesité hasta ese momento. Tenía demasiadas dudas, pero no me salía ni una palabra, no dejaba de mirarlo y sonreír. Me tenía hechizada, tenía poder sobre mí.

- ¿Có… cómo estás acá? – me animé a decir entre una risita ridícula, y esperaba que la música estuviera lo suficientemente alta para que no me haya escuchado – ¡Estás en todos lados vos! – y como una idiota golpeé su hombro con mi mano, una palmada; más bien un leve puñetazo al estilo “hola, amigo, ¿qué haces?”. Quede fatal.
- Esperaba un “gracias”, pero supongo que es mejor esto a que me ataques como en el cementerio. – lo vi reír pero lo escuché apenas - ¿Cómo…?
- ¿Qué? – le pregunté acercándome, la música estaba realmente alta. Intentó entablar una conversación pero no había resultado, veía como sus labios se movían sin sonido más que “esto es una fiesta de locos, ¡hey, hey, hey!” – ¡Vamos al balcón así podemos hablar!
- ¡No te escucho nada! – llegué a leer de sus labios y respire hondo. Tenía que hacer algo para que funcione. Me atreví a tomarlo de la mano y lo guié hasta el balcón – Sí que sabes hacer fiestas, loquita. – me aduló mientras yo arrastraba la ventana/puerta corrediza. Dejé todo el barullo dentro – No me imaginé que cuando estabas llorando en el cementerio al mismo tiempo planeabas alta fiesta. – rió. Su risa era hermosa.
- La hizo mi amiga. Emm, no. La hice yo. – me corregí en un segundo – Hoy no me viste en mi mejor faceta. Esta es mi mejor faceta, como te darás cuenta soy altamente sociable. Súper divertida… Me aman. – mentí exageradamente – Me encantan las fiestas, me fascinan. Hago una cada fin de semana. A veces dos y hay veces que tres. Ni te imaginas.
- La verdad que no. – se apoyó contra la baranda del balcón.
- ¿Pasa algo? – le pregunté al notar su mala cara.
- No, nada. Pero se ve que Pablo se equivocó o está mal informado. – se rascó la cabeza confuso.
- ¿Pablo?
- Mi amigo. Con él vine. – asentí sin saber porqué – Pasa que tenía que venir porque creo que tu amiga es la hija de su padrastro y me invito a mí que soy su amigo y justamente vos, la loquita, sos la amiga de la hija de su padrastro. – me había perdido entre el trabalenguas y sus ojos verdes – ¡Casualidades!
- ¡Sí! Totalmente. Amo las casualidades, ¿vos también? No te la puedo creer – reí nerviosa – Yo… emm... No te entendí mucho de lo que dijiste. Así como… nada. – me empezaron a sudar las manos ya que me miraba atentamente.
- Me llamo Juan, pero me dicen Juani. – me tendió la mano y como una idiota me petrifiqué – En este momento me tendrías que agarrar la mano y decirme tu nombre, pero sé que sos bastante poco convencional así que está bien. – bromeó.
- Camila. – me sobresalté – Me llamo Camila.

El poco tiempo que estuvimos en el balcón fue… esa noche sentí que podía tocar las estrellas. Me explicó finalmente cómo había llegado hasta mi fiesta. Su mejor amigo desde la infancia le había pedido que lo acompañe, ya que él solo no podría tener el suficiente valor para afrontar “su nueva vida”. La mamá de su amigo, Pablo, se había juntado con un señor y justamente ese señor era Roberto, el papá de Sofía. Cuando me contó eso saqué mis propias conclusiones, el hermanastrito de Sofía no era hermanastrito, sino que era un hermanastro con un amigo que me volvía loca.
Juani era simpático sin decir ninguna palabra, tenía los ojos verdes y llevaba el pelo despeinado. Vestía una bermuda verde con una remera escote en ve a tono. Mocasines marrones y un sombrero chistoso. “Soy Peter pan. Le pregunté a último momento a una amiga qué me podía poner y se encargó de dejarme así. No te rías.” Me dijo y yo lo miraba con cara de estúpida.
Mientras charlábamos no dejaba de maquinarme la cabeza. Era el destino, estábamos destinados a terminar juntos. De tantas fiestas en el mundo él había caído en la mía disfrazado de Peter pan y yo era Campanita, estaba fascinada con la casualidad. De repente noté que todo lo que me rodeaba se pintaba de un color rosa. Estaba en mi mejor momento, esa noche era para la memoria.

--------------------------
Sofía Bienneres.

La música a todo volumen no me dejaba escuchar con claridad pero no necesitaba escuchar nada. El tumulto de gente me impedía ver pero no necesitaba ver nada. No podía hacer nada, pero tampoco necesitaba nada. Mi vida era así, dependía de todo pero no tenía nada y al mismo tiempo no lo necesitaba. Dilemas.
Alex se había disfrazado de vaquero, era gracioso verlo con sombrero y botas de campo. Bailábamos en medio de toda la gente, nada parecía molestarnos, nos besábamos a gusto y dejábamos que el humo de todo lo fumable en ese lugar nos penetrara los pulmones.
Perdí conciencia del espacio y el tiempo después de tomar de su mismo vaso, lo único que entendía era que sus manos me acariciaban, que su lengua jugaba con la mía y que el vaso no contenía una sustancia tan saludable. Me vi metida en el cuarto, acorralada contra la pared y su boca dejando marcas en mi cuello.

- Para, espera, acá no. – le dije entrecortada mientras mis manos lo apartaban lentamente.
- ¿Por qué no? – insistió con los besos.
- Porque puede entrar Cami, o cualquier otra persona. No sé. – justifiqué, la cabeza me daba vueltas. Quizás la máscara me apretaba demasiado.
- ¿Y desde cuando a vos te importa que te vean? – se quejó sin abandonar el intento de besarme.
- ¿Qué se supone que quiere decir eso? – lo corté precipitadamente – Decime.
- Quiere decir lo que dice diciendo, no sé qué queres que te explique. – se rascó la nariz molesto. Lo mire sin añadir palabra, lo interrogue con la mirada – No nos hagamos, las cosas como son.
- ¿Y cómo son las cosas? Explicame, Alex. – necesitaba saber, esa vez, qué quería decir. El silencio se presentó – Entiendo lo que queres decirme, no deberías estar con una mina que es como vos crees que soy.
- ¿Y eso que quiere decir?
- Quiere decir que terminamos. – le expliqué directa.
- ¿Cómo terminamos siempre?... ¿Tengo que creerte esta vez? – se me acercó provocativo.
- ¿Serías tan tonto para hacerlo? – le pregunté a centímetros de su boca. No pasaron más de dos segundos y sus labios ya se posaban sobre los míos nuevamente. El cierre del traje de gatubela comenzaba a bajarse para cuando la puerta se abrió inesperadamente.
- Bañ… Ups, buscaba el baño. – Batman se presentaba tras la puerta.
- ¿No sabes tocar? – le grité molesta y mareada mientras me desenredaba de los brazos de Alex. El enmascarado se quedó callado.
- Sofi te preguntó algo. – le recriminó Alex también enojado, el murciélago humano nos había interrumpido.
- ¿Vos sos Sofi? – me preguntó sorprendido quitándose la máscara. Las facciones quedaron libres. Me miró como inspeccionándome, me ponía nerviosa con su mirada.
- Sí, soy yo. – le conteste son duda.
- Yo soy Pablo, tu hermano.

De repente, en ese mismo instante, lo que me había tomado comenzaba a hacer mucho más efecto. Seguramente lloré o reí porque ambos me miraban raro, sólo eso podía notar. Mi conciencia tomo nota del aspecto del Batman que tenía delante y mis piernas se aflojaron. Alex me sostuvo y con ayuda del murciélago me sentaron en la cama y un escalofrío me recorrió. Ahí reí y dije cosas, palabras sueltas que no completaban una oración coherente.

- Sofi, ¿queres un vaso de agua? ¿Algo? Estas un poco pálida. – me preguntó Alex tomándome de la mano.
- No, deja… Dame otra pastilla, cualquier cosa, pero dame más. – le exigí corriéndome el pelo de la cara, se me pegaba por la transpiración. Mire a mi novio quien no emitía palabra ni obedecía mis órdenes – Te hable a vos. – lo reté molesta.
- ¿De qué pastillas habla? – el murciélago saltó tal pescado.
- No… no sé, esta borracha, no sé qué le pasa. – a Alex le sudaban las manos, lo sentí antes de que me soltará – Te voy a traer un vaso de agua, seguro el tumulto de gente te hace mal y… - señaló la puerta y se fue como si el diablo lo persiguiera.
- ¡Tráeme otra pastilla! – le grite en vano, ya no me escuchaba. Me quité la máscara lentamente, me apretaba el rostro. Miré a mí alrededor sin entender nada hasta que me tope con los ojos verdes del murciélago - ¿Vos…
- Tu hermano. – me interrumpió mirándome fijamente, estaba sentado a mí lado tomándome de la mano.
- Hermanastro en todo caso. – lo solté y me limpie la mano asquerosa – Cuando mi papá se case con tu mamá, además. – agregué y me levanté. Recorrí la habitación y comencé a registrar los cajones, no recordaba donde había dejado la caja de cigarrillos. Por el espejo me percaté de que el bastardo no dejaba de mirarme. - ¿Qué me miras? ¿Se te perdió algo?
- A vos… parece. – murmuró y suspiré agobiada. Necesitaba un cigarrillo, y probablemente no un Malboro. - ¿Queres que te ayude? – lo mire mal - A buscar.
- ¿Sabes cómo me podes ayudar? Borrándote, vos y tu mamá que no la conozco pero debe ser bastante parecida a todas las otras mujeres. – solté todas las palabras mientras intentaba prender el cigarrillo que había encontrado.
- ¿Y cómo son todas las otras mujeres? – se levantó en una postura que ya no era la del principio. Habló más fuerte y con un tono de autoridad.
- Putas. Así son todas las mujeres. – le respondí luego de la primer pitada. Me apoye contra una de las cómodas donde se guardaba la ropa – Así somos, así soy.
- Mi mamá no. – me alcanzó la máscara que se había caído al suelo entre tanto buscar – Y no creo que vos lo seas. – le sonreí.
- No me conoces…
- Por eso. – asintió.
- Y nunca vas a llegar a conocerme. – le aclaré tirándole en humo en la cara.
- ¿Tu papá sabe lo de las pastillas y todo eso? – me preguntó serio, dejándome helada.
- No lo metas a mi papá.
- Vos no metas a mi mamá… ¿Sabes? No tenes razón en eso de que todas las mujeres son putas. – me dijo acercándose a la puerta – Pero quizás sí tengas razón en que vos lo sos.

Fue la última palabra que dijo y se borró, no volví a verlo en toda la noche, no volví a ver a nadie más en toda la vida.

--------------------------
Camila Ucotich.

Juani se ofreció a ser mi compañero de baile durante la fiesta, no pude negarme, no quería hacerlo. También se ofreció a traerme algo para tomar, y yo no tomaba, pero tenía que hacerlo, no podía salir con un “no tomo, nunca tomé” porque iba a bajarme la “personalidad” (inventada) a menos cero. Bailamos un par de canciones, las suficientes como para que notara sus “pasos de baile”, al oído me decía que el nuevo John Travolta y yo como una estúpida me reía de cada chiste, sean malo o bueno. Casi todos eran buenos.
La noche estaba cambiando, había empezado algo aturdida, entre la gente y la música y seguía igual, o peor, siendo que entrábamos en la madrugada, pero descubría que el cambio estaba en mí, en mi forma de actuar, de hablar, de expresarme. Yo estaba cambiando y nunca supe si era Juani o si los dieciocho me cayeron de golpe.
Volvimos al balcón para seguir hablando, me contó cómo se había conocido con Pablo, su amigo que todavía no había visto, yo le comenté lo estrepitosa que era nuestra relación con Sofi y lo mucho que la quería. Su teléfono sonó, con un leve pitido, un mensaje deduje. No le hizo caso, luego volvió a pitar y le dije que se fije, que no tenía drama. Que no, que no hacía falta, que solo lo iba a poner en silencio.

- De verdad, Juani, si queres atender, atendélo, no me molesta. – le dije tomando un trago del vaso que me había traído, supuse que era Gancia mezclado con algo, ya que tenía limón flotando.
- Me fijo quien es nomás y… - leyó en pocos segundos y lo apoyo boca abajo sobre la mesita donde estábamos apoyando los pies. – Pablo que no me encuentra. – rió y lo acompañé.
- ¿Lo queres ir a buscar?
- ¡No! Estoy con vos, que él se conozca con la gente, que bastante anti es. - rió y no me sumé – No habla mucho, yo soy su único amigo. ¿Qué clase de persona normal tiene un solo amigo? – tomó.
- Si… Quiero decir, ¡sí! ¿Quién tiene solo un amigo?... Quizás tiene problemas para relacionarse con la gente. – hablé de mí en tercera persona.
- O no es muy interesante. – rió mientras su celular vibraba, y no era un mensaje porque no dejaba de hacerlo.
- Atende, que parece que es difícil encontrarte. – bromeé sonriendo para que él me devuelva la sonrisa. Leyó la pantalla y cambio de cara.
- Tengo que atender. Van a ser diez minutos solamente. – me dijo algo apenado mientras se levantaba para entrar. Señaló hacía adentro y asentí. – Ah, Cami – lo mire – Sí, es dificilísimo encontrarme. – me sonrió por última vez y desapareció.

Y lo de desaparecer es literal, porque no volvió. Ni en diez minutos, ni en quince, ni en media hora. Tampoco volvió pasadas dos horas, ni cuando el sol comenzaba a asomarse. Entré a la fiesta, quizás Pablo no lo dejaba volver por su anti sociabilidad. Pregunte por Peter Pan y la gente me miraba entre confundida y molesta, no querían que les hable. Pregunté por Juani, pero nadie lo conocía.
No encontraba ni a Alex ni a Sofía por ningún lado, la torta que reposaba en la mesa ratona ya estaba a medio comer y yo no había ni soplado las velas. No conocía a nadie y nadie me conocía a mí.

- ¡Cami! ¡Cami! – escuché detrás de mí cuando ya estaba entrando en pánico. Me volteé para encontrarme con Sofi sin máscara y los ojos rojos, como siempre luego de cada fiesta a la que ella asistía. Alex y su mala junta. Sofía y su mala junta. - ¿Dónde te habías metido? Te estoy buscando hace una hora más o menos. ¿Dónde estabas?
- No sé. – le conteste con los ojos llenos de lágrimas – Quiero que toda la gente se vaya. Deciles que se vayan.
- Sí, se van a ir, no te preocupes. – me abrazó fuerte – Subí arriba que yo termino con todo. No te preocupes. – me miró y me quitó la máscara – Yo lo arreglo.

Me beso la frente, pero no me consolaba, porque Sofi nunca podía arreglar las cosas. Ella no sabía cómo hacerlo. Ninguna de las dos. Y Juani tenía razón.
Era dificilísimo encontrarlo.



----------------------------------------

Gracias por esperar. Sofía.

19 comentarios:

  1. empezo denuevo la novela?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Aclare tu pregunta y unas cosas más en esta entrada: http://filosofiadesofia.blogspot.com.ar/2012/08/tombola-en-proceso.html Espero poder aclarar, cualquier cosa volve a comentar!!

      Eliminar
  2. Repito: que genialidad volver a leer esto!!
    qué puedo comentar? jajaj, se me va a hacer largo la espera hasta el cap que dejaste en el flog.
    Yo sigo imaginándome a Ro, Pablo, Lali, Peter y Gastón, pero me copa lo de los nombres, aunque en mi mente for ever serán ellos :P
    Bueno, simplemente FASCINADA en volver a leer TÓMBOLA después de tanto :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Michu, GRACIAS! Siempre vos al pie del cañón (?). Encantada de que te guste y bueno, totalmente permitido imaginártelos!

      Eliminar
  3. sofi seria rochi y cami lali?

    ResponderEliminar
  4. Coincido totalmente con Michu! Es increíble lo bien q escribís, y todo lo q nos faltan para saber q paso con esa lali q ahora es cami! Lo q me llamo la atención fue q en el cambio de los nombres a los chicos se los dejaste muy parecido, nada eso! Espero el próximo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Vale. Los diminutivos sí, son parecidos, los puse así tal vez para ayudar a la costumbre: tipo: lali cami rochi sofi, etc jejeje Gracias por leer.

      Eliminar
  5. Ame volver a leerlo :) algun dia vas a sacar un libro algo de eso eh? Jajaja amo como escribis, sos genial! Coincido todo con michu. Tened algun orden para dejar los caps asi como tenias antes? Espero el proximo,.un beso.
    @ana_pyr

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Aclare algunas dudas en el post actual y espero que eso te ayude, cualquier cosa me volves a preguntar.

      Eliminar
  6. me encanto, me gusto mucho el hecho que cada una iba contando su lado de la historia aparte el capitulo estuvo largo que es mejor todavía, sin duda la mejor escribiendo de verdad valió la pena esperar. espero con ansias el próximo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Las historias están contadas con más profundidad, como decis. Gracias por leer

      Eliminar
  7. Para empezar soy Rocìo, la sta Zapallo o Rúcula. (por si no te diste cuenta, AMO las verduras y las frutas jaja) Bueno, primero que nada, no me gusta que hayas cambiado los nombres porque usaste nombre DEMASIADO comunes, entonces me imagino a gente que conozco con esos nombres haciéndo lo que escribiste y me da cosita. ¡¿Pòr qué le tuviste que poner Juani?! Juani es mi primito, no me lo puedo imaginar después garchando con una mina jajaj Creo que por tu culpa nuestra relación nunca volverá a ser la misma!(?
    Igual, respeto tu decisión de que hayas cambiado los nombres porque me parece totalmente razonable, es como que vos querés escribir para vos, no para que a las otras chicas les guste simplemente porque tiene pablochi y laliter
    De todas formas tu laliter fue menos laliter que lo que es ahora en la realidad casi jajajja che, no te parece que ahora Peter esta re gordo???
    Mucho no noto las correcciones, pero estoy segura de que eso se debe a que esto yo lo leí en el 2010 creo y para esa épocayo era más blda que ahora jajaj
    AMO la historia de LALI/CAMI
    Mañana termino decomentar porque ya me tngo que ir a dormir
    Beso!
    RO!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Rocío, a vos ya te conteste por facebook pero te mereces un comentario acá (?) jajaja Y lo de Peter: sí, lo está. Tengo la teoría de que él quería ser groso, así como Nico y comió comió comió para subir de peso y después trabar: bueno, se quedo en lo de comer.

      Eliminar
  8. aaaah fue un placer volver a leer el primer capi!!! se ve que esta mas cambiado en siertos puntos .. mmm los nombres bueh sinceramente no les di mucha impo jaja xk para mi van a ser 100pre rochi,lali,pablo y peter jaja asi ke me los imagino a ellos con otros nombres XD ... me encanto la historia de sofia lo que si he notado es que las historias de las dos protagonistas estan mas aprofundidas o mejor dicho mas claras de como las habias expustas precedentemente en flog, a mi parecer ... tambien xk los capitulos son mas largos si la memoria no me falla este seria el 1 y 2 capi juntos no?
    Ame esta nove y la voy a seguir amando xk me encanta tu manera de escribir !!!!! asi que espero segundo capi!!!!!!
    y muchisimas gracias x avisarme en msn!!!
    atte: Nabiki!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Nabiki!! Totalmente lo que decís, las historias están contadas con más profundidad y ese es el objetivo. Muchas gracias por leer, y como le dije a Michu: permitido imaginarte los nombres que desees.

      Eliminar
  9. Es MUY copado volver a leer esto, en versión mejorada y con más datos, con nombres cool (O sea, Hello, Camila y Sofía, listo). Más más, plischu. Y espero que compartas los enlaces cada vez que subas un capitulo porque soy demasiado colgada y me olvidaría de fijarme. Saludos Urseele o Popía o Soff (me acuerdo que no te gusta que te digan Sofi).

    ResponderEliminar
  10. Leo esto una y otra vez, no puedo olvidarme de la genialidad de tus textos. Eterna fan de esta historia.

    ResponderEliminar