Prólogo.
Trato de evitar los malos pensamientos, esos que vienen solo para hacernos sufrir. Apretó los dientes para no dejar salir ningún suspiro que derive en lloriqueo. Clavó la mirada en el medio de la calle, aunque se le dificultaba ver por la lluvia a ella no le importaba; en realidad ya no quería ver. No quería ver, ni escuchar, ni hablar, ni sentir. Nada, nada, nada. Porque había llegado al estado donde hasta respirar te hace llorar. Y ella no debía llorar, porque no valía la pena y el cielo ya tenía ese trabajo, el de descargar.
Él priorizaba no perder de vista a ninguna persona, concentrarse en encontrarla. Necesitaba hacerlo, porque sabía que lo había arruinado todo, que era su culpa y que solo él podía arreglarlo. A pesar de la precipitación de primavera (casi verano) logró divisar a lo lejos su pequeño cuerpo encogido, seguramente, por el frío húmedo. Contempló, con mucha pena, el pesar que llevaba ella. Estaban perdiendo.
-Victoria, subí al auto por favor.- espetó en un tono elevado, para que pudiera oírle, ya que se encontraba del lado contrario a su ventana. – Me tenes que escuchar para que puedas entenderme.- ella ni se inmutó, seguía mirando al “más allá”. Irritado, alzó más la voz, algo autoritario. – ¡No va a venir ningún colectivo! ¿Podrías dejar a un lado tu egoísmo y entrar al auto?- nada.- ¡La puta madre, Victoria!
Victoria no hizo más que tratar de “cerrar” los oídos y evitar caer en la tentación de mirarlo, de quedar hipnotizada con esos ojos que tanto mal la habían llevado a cometer. Se metió dentro de sí misma y descubrió, no muy profundo en su alma, que guardaba cierto rencor por la persona que desde el auto le exigía subir. Había estado tanto tiempo perdida, que encontrar la salida era un hecho inimaginable.
-Te lo pido por favor, hablemos.- y aquellas ya eran súplicas de su parte, no sabía cómo hacer que ella le prestará un mínimo de atención.- Oíme… Quiero que estemos bien, yo… ¡Victoria, Victoria!- alcanzó a gritar cuando vio que se perdía ante sus ojos. Pudo observar, vencido, que ella le hacía la parada al colectivo que se acercaba atrás y en un instante desaparecía.
Iván… sos un idiota, el idiota más grande del mundo.
Pensó, lo bastante tarde como para darse cuenta de que la había lastimado.
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Suele pasar, cuando es día de reyes y ya dejaste de poner pastito y agua y estás tan SARP (Sin Actividad Realmente Productiva) que se te ocurre reescribir esa historia de la cual te reís (por vergüenza) porque escribías pésimo hace dos años.
Nada eso, que ando creando nuevas historias y reescribiendo otras.
¡Felices reyes magos!
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