Dejemos atrás todo lo que no sea tú y
yo.
[…]Ella le habló con sinceridad de los abusos de su padre, y le mostró las
magulladuras que no eran visibles ni siquiera en su cuerpo desnudo. Él le
explicó su circuncisión, las alianzas, el concepto de ser parte del pueblo
elegido. La niña gitana le contó lo sucedido el día que su tío se corrió sobre
ella, y por qué era capaz, desde hacía ya años, de tener un hijo. Él le explicó
que se masturbaba con la mano muerta, para hacerse la ilusión de que hacía el
amor con otra persona. Ella le confesó que había considerado la posibilidad del
suicidio, como si fuera algo que pudiera decidir. Él le confió su más profundo
secreto: que, a diferencia de los otros chicos, su amor por su madre nunca
había disminuido, ni siquiera un poco, desde su niñez, y por favor no te rías
cuando te lo cuente, por favor no pienses mal de mí, pero me gustan más sus
besos que nada de lo que haya en el mundo. La niña gitana rompió a llorar y
cuando mi abuelo le preguntó qué le pasaba, no le dijo Tengo celos de tu madre; quiero que me ames así, sino que se
mantuvo en silencio y se rió como quien dice: ¡qué bobo! Ella le dijo que
deseaba incluir un nuevo mandamiento, el undécimo: No cambies.[…]
Me pregunto si te imaginas la vida sin mí.
Claro que me la imagino, pero no me gusta.
Todo está
iluminado – Jonathan Safran Foer.
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